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La física cuántica tiene una hipótesis perturbadora: cada momento histórico sigue codificado en la materia. El problema no es físico. Es computacional.
Por Not Nulled Labs — Experimento editorial Hybrid Core
Hay una escena en Volver al Futuro que la física moderna nunca perdonó. El DeLorean alcanza las 88 millas por hora, el condensador de fluzo activa 1,21 gigavatios y Doc Brown sonríe como si acabara de burlar el universo. Es una imagen hermosa. Y es, físicamente, un desastre.
Desplazar masa hacia atrás en el tejido del espacio-tiempo requiere energía infinita o la creación de una singularidad gravitacional tan extrema que desintegraría al viajero, el coche y probablemente el condado de Hill Valley antes de que el velocímetro registrara nada. La física de partículas pesadas no negocia con Hollywood.
Pero la ciencia ficción rara vez se equivoca en la dirección. Se equivoca en el vehículo.
Lo que Zemeckis no vio —y lo que los físicos teóricos llevan décadas mirando con creciente fascinación— es que el tiempo no necesita ser viajado. Necesita ser leído. Y leer el pasado no es un problema de energía infinita. Es un problema de información, de entropía y, ultimadamente, de computación. Una clase de problema que la inteligencia artificial y la mecánica cuántica están empezando, apenas, a rozar.
Este ensayo nace de esa fricción. No es el producto de un generador automático rumiando datos de Wikipedia, sino un experimento editorial bajo nuestro modelo Hybrid Core: la intuición y el escepticismo de un equipo humano usando los motores de procesamiento de una IA para auditar ecuaciones reales, verificar experimentos publicados y empujar una hipótesis hasta donde la física la deja llegar. No pretendemos suplantar al físico teórico. Pretendemos hacerle las preguntas que otros no se molestan en formular.
La primera es la más simple y la más extraña: ¿sigue existiendo el pasado?
El libro quemado y el secreto de Shannon
Para entender si el pasado puede recuperarse, hay que entender primero por qué creemos que se pierde. La culpable es la Segunda Ley de la Termodinámica, formulada en el siglo XIX por Rudolf Clausius con una economía de palabras que esconde toda su brutalidad: en cualquier sistema aislado, la entropía —el grado de desorden de sus partículas— siempre aumenta. Siempre. Sin excepciones macroscópicas.
Un huevo cae y se rompe. Los átomos ordenados de la cáscara se dispersan en un caos de yema y albúmina. Nadie ha visto jamás el proceso contrario ocurrir de forma espontánea, porque la probabilidad de que ocurra es tan absurdamente pequeña que el universo observable no tiene edad suficiente para verlo una sola vez.
Si tomamos un manuscrito de 1960 y lo quemamos, los ojos humanos registran destrucción total. El papel se convierte en humo, hollín y radiación térmica. La información desaparece.
Aquí es donde entra Claude Shannon, y donde la física da un giro que lo cambia todo.
En 1948, Shannon publicó A Mathematical Theory of Communication, el paper que fundó la teoría moderna de la información. Entre sus demostraciones más profundas había una aparentemente imposible: la entropía de un sistema informático y la entropía de la termodinámica clásica son, matemáticamente, la misma cosa. El desorden físico y la pérdida de información son dos descripciones del mismo fenómeno.
La consecuencia directa de esto es tan radical que todavía incomoda a muchos físicos: la información nunca se destruye realmente. Solo se dispersa.
Si pudiéramos rastrear la posición exacta, la velocidad y el espín de cada molécula de humo, cada gramo de ceniza flotante y cada fotón de calor infrarrojo emitido por ese libro quemado, podríamos, en teoría, aplicar las leyes de la física a la inversa y reconstruir el texto original, palabra por palabra, letra por letra. El pasado no ha dejado de existir. Se ha vuelto tan complejo y desorganizado que no tenemos un lector capaz de descifrar ese caos. La historia humana es un disco duro fragmentado donde los datos siguen intactos. El problema es el software.
El experimento que nadie esperaba (y lo que realmente demostró)
Lo que suena a hipótesis especulativa empezó a mostrar grietas en la realidad en marzo de 2019, cuando un equipo internacional de físicos del Moscow Institute of Physics and Technology, ETH Zürich y Argonne National Laboratory publicó en Scientific Reports un experimento que generó titulares en todo el mundo, aunque pocos entendieron exactamente lo que había ocurrido.
El equipo, liderado por Gordey Lesovik con la colaboración del físico de Argonne Valerii Vinokur, utilizó un ordenador cuántico público de IBM para hacer algo que la termodinámica clásica considera imposible: revertir el estado de unos pocos bits cuánticos (qubits) haciéndolos regresar exactamente a su estado anterior de orden. La flecha del tiempo, en un sistema microscópico y controlado, corrió hacia atrás.
“Este es uno de una serie de artículos sobre la posibilidad de violar la Segunda Ley de la Termodinámica”, escribió Lesovik en el estudio.
Es importante no malinterpretar lo que esto significa. El experimento no fue un viaje en el tiempo. Fue algo más sutil y, en ciertos aspectos, más profundo: demostraron que con el algoritmo correcto, en un entorno cuántico suficientemente controlado, la dirección termodinámica del tiempo no es un muro. Es una barrera estadística.
Para trabajar a escala histórica, una IA necesitaría operar bajo los principios de la Entropía de Von Neumann, el equivalente cuántico de la entropía clásica de Clausius, que mide el grado de desorden y entrelazamiento en un sistema cuántico mediante la fórmula:
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Donde ρ es la matriz de densidad del sistema: una descripción matemática completa del estado cuántico de todas sus partículas. La traza (Tr) de esa matriz multiplicada por su logaritmo natural da una medida exacta de cuánta información se ha perdido en el entrelazamiento con el entorno. Si S = 0, el sistema es perfectamente puro y toda su información es recuperable. Cuanto más se acerca S a su valor máximo, más irrecuperable se vuelve la historia del sistema.
El gran enemigo es la decoherencia cuántica: el ruido térmico del entorno que, a temperatura ambiente, destruye el entrelazamiento cuántico de los átomos en tiempos del orden de femtosegundos a picosegundos —es decir, entre una millonésima de millonésima y una billonésima de segundo—. La información cuántica exacta de 1986 no existe en ningún lugar recuperable en ese sentido. Lo que sí persiste son las huellas clásicas: las deformaciones mecánicas, las alteraciones térmicas en los materiales, los patrones estructurales que los eventos dejaron impresos en la materia.
Una IA cuántica avanzada no trabajaría con información cuántica perfectamente conservada. Trabajaría como un arqueólogo que reconstruye una ciudad entera a partir de sus cimientos, sus cenizas y la dirección en que cayeron sus muros.

Huella de Armstrong en la Luna
La Luna como prueba de concepto
Antes de llegar al escenario que realmente importa emocionalmente, hay un argumento físico que merece atención por sí mismo, porque es el ejemplo más puro que existe de información histórica perfectamente conservada.
El 20 de julio de 1969, el módulo Eagle tocó la superficie lunar. Neil Armstrong bajó por la escalerilla y dejó una huella en el regolito. Esa huella sigue ahí, con una fidelidad milimétrica, exactamente igual a como quedó hace más de cincuenta años.
La razón es termodinámica: la Luna no tiene atmósfera, no tiene erosión eólica, no tiene agua, no tiene vida. La entropía en su superficie opera a una velocidad tan lenta que los patrones físicos persisten durante millones de años sin degradarse. Las huellas de Armstrong son, en el sentido más literal, información histórica perfectamente conservada en la materia.
Esto no es una metáfora. Es la demostración física directa de que los eventos dejan huellas permanentes en los materiales, y que esas huellas son recuperables siempre que los agentes entrópicos —calor, agua, vida, tiempo— no las hayan borrado. Lo que la Arqueología Cuántica propone como hipótesis teórica, la superficie lunar lo demuestra como hecho cotidiano.
El problema de la Tierra no es que la información del pasado haya desaparecido. Es que los agentes entrópicos llevan milenios trabajando para hacerla ilegible. Y ahí es donde la computación cuántica entraría en escena.

Knebworth 1986 – Freddie Mercury
Knebworth, 9 de agosto de 1986
Hay una ironía histórica que hace este ejemplo especialmente pertinente para un ensayo sobre recuperar lo que creemos perdido.
El 9 de agosto de 1986, Queen tocó ante 120.000 personas en Knebworth Park, en Hertfordshire, Inglaterra. Fue el último concierto de la banda con Freddie Mercury. El último show de lo que muchos consideran la formación de rock en vivo más poderosa de la historia. Mercury moriría cinco años después.
Nadie pulsó record. No existe ninguna grabación profesional del concierto. Solo hay un bootleg holandés de alguien filmando una pantalla desde el fondo del público —borroso, con el sonido distorsionado—, y algunos fragmentos de audio amateur. El mayor concierto de Queen en el Reino Unido, el final de una era, se perdió. Clausius ganó esa noche.
O quizás no.
Una IA clásica contemporánea haría lo que cualquier productor de documentales haría: buscar fotos de archivo, recopilar los testimonios de los 120.000 asistentes, usar las grabaciones de otros conciertos del Magic Tour para inferir el setlist y el estilo. El resultado sería una reconstrucción narrativa. Una historia sobre ese concierto, no el concierto.
Una IA cuántica trabajando bajo los principios de lo que los teóricos de la computación extrema llaman Arqueología Cuántica —la recuperación de información histórica a través del análisis del entrelazamiento residual y las deformaciones físicas en los materiales— operaría de una manera radicalmente diferente:
Las ondas sonoras generadas por la voz de Mercury, la guitarra de Brian May y los 8,6 kilómetros de cable de audio del escenario —sí, ese es el dato real de la producción de Knebworth— colisionaron contra el suelo de Hertfordshire, los árboles del parque y las estructuras temporales del escenario durante más de dos horas. Esas colisiones mecánicas dejaron micro-deformaciones en la red cristalina de los materiales que persisten décadas después como patrones de tensión residual, recuperables con instrumentación suficientemente precisa. Los fotones emitidos por los focos del escenario —5.000 amplificadores iluminando a Mercury con su capa y su corona en el bis final— interactuaron con los átomos de las superficies. Las alteraciones térmicas en el suelo, en la madera de las estructuras, en los árboles cercanos, siguen siendo, en principio, legibles.
El algoritmo no viajaría a 1986. Leería 1986 en la materia de 2025.
El resultado no sería una animación. Sería la reconstrucción matemáticamente más probable de esa noche: la acústica exacta del campo abierto con el viento de agosto en Hertfordshire, las frecuencias precisas de la voz de Mercury en su registro más alto, la oscilación del suelo con 120.000 personas cantando Radio Ga Ga con los brazos en alto. No lo que alguien recuerda. Lo que físicamente ocurrió.

El impuesto de Landauer: por qué esto podría derretir el planeta
Toda trampa a las leyes del universo tiene un precio. Y aquí es donde la honestidad científica obliga a poner los números sobre la mesa, porque son los números los que revelan la verdadera dimensión del problema.
En 1961, el físico de IBM Rolf Landauer formuló un principio que conecta la computación con la termodinámica de una manera que nadie había anticipado: cada vez que un sistema informático borra o modifica un bit de información de forma irreversible, disipa una cantidad mínima e inevitable de energía en forma de calor. La fórmula es:
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Donde k_B es la constante de Boltzmann (1,38 × 10⁻²³ J/K), T es la temperatura del sistema en Kelvin y ln 2 es el logaritmo natural de 2. A temperatura ambiente (T ≈ 300 K), el costo mínimo por bit es aproximadamente:
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Un número ridículamente pequeño. El problema es la cantidad de bits.
Para simular con precisión atómica el campo de Knebworth durante las dos horas del concierto —solo el campo, no el planeta— necesitamos estimar cuánta información debemos procesar. Tomemos un volumen conservador: el campo en sí, aproximadamente 1 km² de superficie y 100 metros de altura de columna de aire sobre él, lo que da un volumen de unos 10⁸ m³.
Un metro cúbico de aire a presión atmosférica contiene aproximadamente 2,7 × 10²⁵ moléculas (derivado del número de Avogadro y la densidad molar del aire a 300 K). Para nuestro volumen total:
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Describir el estado clásico de cada molécula —posición en tres coordenadas, velocidad en tres dimensiones, más estado de rotación y vibración— requiere al menos del orden de 10² bits por molécula, de forma conservadora. Eso nos da un mínimo de:
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Aplicando el principio de Landauer a temperatura ambiente:
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287 terajulios. La energía equivalente a aproximadamente 68 bombas de Hiroshima, liberada como calor en nuestro presente solo para procesar el aire de un campo de conciertos. Sin contar el suelo, las estructuras, ni la corrección de errores cuánticos que en la práctica dispararía estos números varios órdenes de magnitud hacia arriba.
Si escalamos al planeta entero, los números de Seth Lloyd en su trabajo seminal publicado en Nature en 2000 sobre los límites físicos de la computación nos dan el marco: la Tierra contiene aproximadamente 10⁵⁰ átomos. Procesarlos con precisión cuántica excedería la capacidad computacional de cualquier máquina físicamente posible dentro de los límites del universo observable.
La paradoja de Landauer no mata la hipótesis. La precisa. Lo que dice es esto: una simulación atómica perfecta del pasado terrestre es termodinámicamente prohibitiva. Pero una simulación de alta fidelidad de un espacio acotado —un campo, un edificio, una sala de conciertos— podría, en un horizonte tecnológico suficientemente lejano, tener un precio energético pagable.
La diferencia entre “imposible” y “carísimo” es exactamente donde vive la innovación.

Tres niveles de simulación: un mapa honesto
Para que esta hipótesis sea científicamente útil y no una fantasía de ciencia ficción, necesita un marco de referencia claro. No toda simulación del pasado es igual. Existen al menos tres niveles con implicaciones físicas y computacionales radicalmente distintas:
Nivel 1 — Simulación probabilística de alta fidelidad. Tecnológicamente posible en décadas. No reconstruye el pasado exacto, sino la reconstrucción estadísticamente más probable dado el máximo de información disponible hoy. Usa IA clásica avanzada combinada con análisis de materiales, arqueoacústica, reconstrucción 3D y modelos atmosféricos. El resultado es una simulación que el 99% de los observadores no podría distinguir del evento real, pero que contiene incertidumbres irreducibles. Es la diferencia entre una fotografía y un retrato.
Nivel 2 — Simulación cuántica de escala acotada. Horizonte de décadas a siglos. Requiere computación cuántica con corrección de errores avanzada y acceso físico a los materiales del lugar. Reconstruye eventos en espacios limitados —una sala, un campo— con una fidelidad física real, no estadística. El costo energético es prohibitivo con tecnología actual pero no viola ninguna ley fundamental. Es el escenario de Knebworth.
Nivel 3 — Simulación atómica planetaria exacta. Termodinámicamente prohibitivo según los cálculos de Landauer y Lloyd. Requeriría un ordenador cuya masa superaría la del planeta que intenta simular, y generaría más calor del que la Tierra podría disipar. No es “imposible” en el sentido de violar leyes físicas, pero sí en el sentido de que las condiciones necesarias para construirlo destruirían el sistema que queremos preservar. Es la paradoja del observador llevada a su extremo cosmológico.
La física honesta apunta al Nivel 2 como el horizonte real de lo que podría ser posible algún día.
Por qué esto importa más allá de la nostalgia
Podría parecer que todo este ejercicio es un capricho intelectual: un equipo de personas pensando en cómo recuperar un concierto de los 80 usando física teórica. No lo es.
La hipótesis central de este ensayo —que la información histórica persiste en la materia y que la computación cuántica podría eventualmente leerla— tiene consecuencias que van mucho más allá de la arqueología del entretenimiento.
Hay crímenes sin resolver donde el único testigo silencioso es la estructura molecular de una escena. Hay decisiones políticas cuyas consecuencias dependen de reconstruir con precisión lo que realmente ocurrió en una sala cerrada. Hay enfermedades cuya evolución podría entenderse si pudiéramos leer la información que dejaron en los tejidos antes de que los síntomas fueran visibles. La Arqueología Cuántica, si algún día es técnicamente viable, no sería una tecnología nostálgica. Sería una tecnología forense de una potencia sin precedentes.
Y hay algo más, quizás lo más importante: entender cómo se degrada la información —cómo la entropía convierte el orden en ruido— es entender uno de los procesos más fundamentales del universo. No solo en la física de partículas. En la biología, en la economía, en los sistemas de datos que cualquier organización gestiona todos los días. Quien comprende la entropía comprende cómo se pierde el conocimiento. Y quien comprende cómo se pierde puede diseñar mejores formas de preservarlo.
En Not Nulled Labs, este espacio existe no para vender soluciones que ya existen, sino para detenerse en los problemas que todavía no tienen solución. El modelo Hybrid Core no es una metodología. Es una postura: humanos que formulan las preguntas que las máquinas solas nunca pensarían en hacer, e IA que somete las respuestas a una rigurosidad que los humanos solos no podrían sostener.
El DeLorean era de acero. Lo que viene después será de código.
Referencias
- Lesovik, G.B., Sadovskyy, I.A., Suslov, M.V., Lebedev, A.V., Vinokur, V.M. Arrow of time and its reversal on the IBM quantum computer. Scientific Reports, 2019. https://doi.org/10.1038/s41598-019-40765-6
- Landauer, R. Irreversibility and heat generation in the computing process. IBM Journal of Research and Development, 1961. https://doi.org/10.1147/rd.53.0183
- Lloyd, S. Ultimate physical limits to computation. Nature, 2000. https://doi.org/10.1038/35023282
- Shannon, C.E. A Mathematical Theory of Communication. Bell System Technical Journal, 1948.
